jueves, 11 de junio de 2015

El Ángel de la Muerte

Por Jeanne Silverred


Ella era tan bella como la misma luz, pura, inalcanzable, etérea. Su nívea tez resplandecía en contraste con sus alas negras, tan oscuras como su pelo y sus ojos. Estos, pozos de tristeza y desdicha lloraban por un dolor ajeno, el de los mortales. Las leyendas populares la describen como un ser horrendo, esquelético y cruel, nada más lejos de la realidad. El Ángel de la Muerte no disfrutaba apartando a los humanos de la vida, y sufría con cada alma que se llevaba.

Sólo las almas cansadas le otorgaban paz, porque ellas buscaban un descanso que no podían encontrar en vida, y Ella podía ayudarlas. Era entonces cuando una diminuta llama se encendía en su interior y daba calor a su fría existencia. Pero nunca duraba lo suficiente, porque había demasiadas almas que no estaban preparadas para morir y Ella tenía que alejarlas de todo lo que les era amado. Era por eso que sufría, entendía lo que sentían aquellas almas porque también a Ella le arrebataron una vez lo que más amaba, la que ahora era la Musa de la Tragedia.

Cada una de las dos recibió un castigo dentro de su rango: la primera, como ángel, fue condenada a retirar de la vida a todas las almas existentes y por existir; la segunda, como musa, fue condenada a concebir únicamente las más trágicas historias. Así, las dos fueron privadas de la felicidad por cometer el error de amarse.